El señor Titivillus

Una reflexión sobre cómo enfrentar nuestros errores

Por: Ezequiel Dellutri*

Tal vez el común de la gente no lo conozca, pero quienes frecuentamos el oficio de la escritura, nos encontramos muy a menudo con el señor Titivillus. Es más, tal vez este mismo artículo contenga algún aporte de su parte.

La creación de la imprenta de tipos móviles por parte del alemán Johannes Gutemberg implicó una revolución tecnológica y cultural. Antes de que surgiese este invento, los libros eran un bien escaso. Esto se debía a varias razones, entre otras a la complejidad en la producción de manuscritos: los antiguos libros eran copiados a mano por monjes gracias a cuya labor, occidente preservó los grandes textos de la Antigüedad y la Edad Media. Estos manuscritos eran realizados sobre pergamino, un papel elaborado con cuero de cabra refinado, utilizando tintas que fabricaban con productos naturales. El trabajo del copista era ingrato: se realizaba dentro de los monasterios, en enormes habitaciones llamadas scriptorias. Los monjes, sentados en pequeños pupitres, debían realizar su tediosa tarea mientras soportaban el frío inclemente o el calor sofocante. En tales condiciones, no es de extrañar que cometieran errores en las trascripciones: alteraban palabras o salteaban líneas de manera involuntaria.

Y es acá donde entra el famoso señor Titivillus: para justificar sus errores, los copistas habían inventado un demonio cuya principal tarea consistía en hacer que equivocaran las letras y alteraran frases. La idea de este pequeño diablo hoy nos parece ingenua y hasta graciosa, pero refleja un proceso complejo y peligroso: el autoengaño.

Echarle la culpa a otro de los errores que cometemos es una trampa peligrosa: distorsiona la realidad, lo que produce un diagnóstico incorrecto, de manera que aplicamos soluciones inadecuadas que agravan los problemas; pero también, el no asumir la verdad corta los lazos que nos unen con los demás, convirtiéndonos en islas rodeadas por el océano embravecido de nuestras propias mentiras.

He visto personas actuar de la manera más absurda con tal de no asumir sus equivocaciones: echar la culpa al pasado, a la circunstancia laboral, a su propia familia e incluso, inventar historias casi delirantes para no hacer frente a sus responsabilidades. Tristemente, debo decir que no solo lo he visto en otros: también yo he actuado de esta manera.

Somos muy buenos autoengañándonos, hasta el punto que terminamos creyendo en lo que falazmente sostenemos. Es un círculo que poco tiene de virtuoso y, además, cuanto más se transita, más asfixiante se torna: no hay forma de romperlo desde adentro.

El cristianismo siempre propuso el autoanálisis, pero no como una forma de introspección en busca de cierta luz interior, sino para lograr lo contrario: revelar nuestra propia oscuridad. El ser humano, como creación de Dios, es muy valioso. Pero la sucesión de errores y desaciertos, las decisiones que por egoísmo o terquedad hemos ido tomando, nos alejaron como raza y en lo individual de ese valor que teníamos inicialmente. Cuando nos acercamos a Dios, su luz revela que, aunque somos tentados, no hay un Titivillus que nos fuerce a cometer faltas; somos nosotros los que voluntariamente elegimos el error y optamos por lo incorrecto. Pero esa luz que muestra la suciedad, también revela un camino a seguir: un amor poderoso que limpia y restablece.

Asumir nuestra culpa y responsabilidad es solo el primer paso de un camino mucho más extenso. Una vez dado, no avanzamos a tientas: aún en la peor de las oscuridades, caminamos de la mano de un padre que busca lo mejor para nosotros. La mayor de las ventajas de ser Hijo de Dios radica en saber que tenemos una meta, un lugar al que llegar. Esto nos permite descubrir que, más allá del autoengaño, nuestra existencia tiene un sentido trascendente que podemos vivir en plenitud.

*Ezequiel Dellutri: Integra el equipo del programa Tierra Firme de RTM. Profesor de literatura, escritor de literatura fantástica y novelas policiales. Es pastor en la Iglesia de la Esperanza, San Miguel provincia de Buenos Aire, Argentina. Está casado con Verónica y tiene dos hijos (Felipe y Simón).

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