El ser y el saber


Apuntes para una reflexión sobre la labor del maestro.

Por: Prof. Ezequiel Dellutri*

Supongo que a todos los que ejercemos la docencia nos habrá pasado: en un examen o durante una clase, fijamos la vista en uno de nuestros alumnos. Compartimos uno o dos años, tal vez menos, tal vez más. Y viene la pregunta inexorable, fatal: ¿qué le dejamos en este tiempo?

Con aires presuntamente revolucionarios, el film La sociedad de los poetas muertos del director Peter Weir propone este dilema. Se trata de una película con clara tendencia al melodrama, pero reconozcámoslo: a quienes nos dedicamos a la educación no deja de resultarnos fascinante la figura de John Keating, un profesor de literatura dispuesto a cambiar la vida de sus alumnos atacando las convenciones sociales propias de un colegio de tradición inglesa, algo que, bien pensado, no resulta tan difícil de lograr. Al margen de sus planteos hollywoodenses, sobre el final nos brinda un ramalazo de realidad: educar en la libertad tiene sus riesgos. Sin embargo, la escena de cierre denota la efectividad de esa búsqueda: Keating obtuvo un ciento por ciento de aceptación en su propuesta, un porcentaje que cualquier docente envidiaría.

Con mismo tema pero diferente enfoque, el director francés Laurent Cantet nos ofrece esa pequeña y extraña pieza que es Entre los muros. Película de fotografía documental pero fruto de un trabajo planificado con meticulosidad, el film enfrenta al profesor François con  alumnos de problemáticas tan reales y palpables que sin mostrar una sola imagen cruda, la película impacta. Al igual que La sociedad de los poetas muertosEntre los muros propone al docente como un individuo destinado a establecer puentes que permitan superar las brechas entre cosmovisiones, historias y vivencias. François es paciente, pero también desespera. ¿Cómo no desesperar frente a la apatía? ¿Cómo no sentir que el esfuerzo es inútil frente al mundo cerrado que proponen sus alumnos?

No es ninguna novedad: vivimos en una sociedad de un individualismo feroz. Sin embargo, no somos nativos de la anomia, aunque muchos de nuestros estudiantes han navegado toda su vida en los ríos de la exclusión y la misma educación ha sido víctima del reduccionismo más radical. Los docentes nos convertimos en meros receptáculos del conocimiento; nuestro deber parece ser la mera transmisión de contenidos. Hemos olvidado que los saberes deben engarzarse en la experiencia de personas que sienten y viven. Cuando miro a mis alumnos, no puedo evitar pensar en el prodigio de que haya un mundo encerrado en una sola persona, un mundo que podría morir sin que nadie explore su geografía.

No puedo evitar recordar a un maestro que hace un par de milenios veía como sus discípulos lo dejaban solo. Y entonces, preguntó a los que le quedaban: ¿Quieren ustedes seguirlos? Pienso, qué valiente fue ese maestro. Uno de sus alumnos, tal vez no el más aventajado, tal vez no el mejor, le contestó: “¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”.

Y pienso, qué buena frase. Y pienso, qué buen maestro. Porque en esa respuesta está la palabra, núcleo del pensamiento racional, del saber, del conocimiento. Pero también está la eternidad, el espíritu, la trascendencia, la vitalidad.

Cuando vienen a mi memoria los buenos maestros que he tenido, no los recuerdo explicando sus temas. Han hecho bien su trabajo, lo sé: han dejado en cada clase su caudal de conocimiento. Sin embargo, lo primero que acude a mi mente cuando pienso en ellos es su postura, sus gestos, su sabiduría antes que su conocimiento.

Para poder marcar la vida de alguien hay que saber, pero no basta con eso; también hay que ser. Aun explicando el más complejo de los teoremas, las palabras de un maestro pueden trasmutar en vida. Es el milagro de la docencia y es el enorme desafío del ser maestro.

Todo un reto.

*Ezequiel Dellutri: Integra el equipo del programa Tierra Firme de RTM (www.tierrafirmertm.org). Profesor de literatura, escritor de literatura fantástica y novelas policiales. Es pastor en la Iglesia de la Esperanza, San Miguel provincia de Buenos Aire, Argentina. Está casado con Verónica y tiene dos hijos (Felipe y Simón).

5 comentarios sobre “El ser y el saber

  1. Ser docente es una tarea hermosa, a la vez sacrificada. Tratamos con vidas que son el futuro y lo más importante es dejarles lecciones de vida a la par de los conocimientos. Nuestro único modelo de maestro es Jesucristo.

  2. He leído con atención, y siempre me he hecho la pregunta, por que el Maestro de los Maestros, el Señor Jesús, escogió a hombres tan vulnerables e indefensos intelectualmente para llevar el evangelio al mundo conocido de su tiempo, y no escogió a hombres y mujeres más eficientes y capacitados, acaso no los había en su tiempo?

  3. EL trabajo del maestro no es facil.gracias que podemos ir al Maestro que con sus palabras de vida eterna nos renueva cada dia para ser de bendicion a esos niños cada sabado .DIOS les bendiga .gracias x sus enseñanzas.

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