
“En un lugar de San Miguel, cuyo nombre no quiero recordar”… No, no se asuste, ni yo soy Cervantes, ni estoy escribiendo El Quijote. Soy un simple escribidor que quiere compartir esta sencilla historia, donde se mezclan caprichosamente recuerdos con una pizca de imaginación.
Todo comenzó cuando deslumbrado por la grandiosidad del Salmo 91, traté de memorizarlo.
El que habita al abrigo del Altísimo
y se acoge a la sombra del Omnipotente,
dice al Señor: «Tú eres mi esperanza, mi Dios,
¡el castillo en el que pongo mi confianza!»
El Señor te librará de las
trampas del cazador;
te librará de la peste destructora.
Al principio iba bien, la memoria respondía, pero tropezaba siempre con el versículo cuatro. La frase “el Señor te cubrirá con sus plumas y vivirás seguro debajo de sus alas” me parecía redundante.
Consulté algunos libros de entendidos sobre los Salmos y la búsqueda no dio resultado. A un lado los libros y decidí investigar por mí mismo. Pero la búsqueda no dio resultados. La frase continuaba allí desafiante y mi memoria seguía tropezando con las plumas.
Mis pensamientos me llevaron al arcón y retrocedí a mi adolescencia, a la casa de mi abuelo materno.
Tenía una casa simple, pero con un extenso fondo que había aprovechado para hacer una huerta. Allí cultivaba todo lo necesario para cubrir las necesidades de su familia y muchas veces, generosamente hacía llegar tomates, acelgas, lechugas y ciruelas a los nietos.
En su baúl de inmigrante había traído todas las herramientas necesarias para trabajar. Como hortelano su vida estaba ligada a la tierra y usó todos sus conocimientos en su patria de adopción para hacerla producir.
Al fondo de la huerta tenía un gallinero y varias conejeras.
Un día iba caminando por la huerta rumbo al fondo para ver a los conejos que habían nacido la semana anterior y vi una extraña jaula, de malla ancha que ocupaba el espacio libre entre la huerta y el gallinero. Dentro, como cumpliendo una penitencia, había una gallina. Aunque la malla era bastante ancha no había un hueco como para que ella saliera.
La miré con tristeza ¿a qué se debía su castigo? Me acerqué, mi sombra se proyectó sobre los canteros y eso bastó para que una bandada de pollitos corriera presuroso a acercarse a la madre, que con lentitud abrió las alas y todos se precipitaron para apretarse en sus plumas. Permaneció con las alas extendidas hasta que el último se ubicó contra su plumaje, y entonces lentamente las cerró. Todos estaban a salvo. Todos estaban seguros.
Recordé entonces las palabras del Salmo:
El Señor te cubrirá con sus plumas,
y vivirás seguro debajo de sus alas.
¡Su verdad es un escudo protector!
Cuántas veces en tiempo de prueba habré experimentado eso, en medio de la angustia corrí hacia el Señor, sus plumas me recibieron y luego las alas se cerraron. Y allí encontré el refugio seguro.
Volví a repetir el Salmo 91 y cuando llegué a
El Señor te cubrirá con sus plumas,
y vivirás seguro debajo de sus alas
se me hizo un nudo en la garganta…
Salvador Dellutri
Julio 2026



